ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

12 Octubre, 2008

De un entrañable y viejo amigo

Archivado en: ARTEVIRGO, CANARIAS, ENRIQUE GARCÍA VALENCIA, GRAN CANARIA, LA ALDEA, LECTURAS, RELATOS — artevirgo @ 9:54 am

virutas

Sólo una vez vivió (malvivió), por apremiantes motivos laborales, alejado de su casa y de su familia, en un lugar frío, bastante extraño por su aspecto e infausto según mi propia catalogación. Seguro que, no me atreví a preguntárselo aunque por intuición y empatía siempre lo supe, nunca llegó a entender del todo el motivo de aquel fastidioso paréntesis que duró demasiados meses.

Tuvo que residir todo ese tiempo en la calle Aguadulce, en el domicilio oficial de las guaguas cuando todavía eran de madera. Era un sitio poblado de ruidos y rebullicio, de gente rara a la que no comprendía, de suciedad y olores extraños, de un frenesí y jiribillas lejanas a su idiosincrasia, muy distantes de su saber estar. En mis esporádicas visitas al lugar, por algún mandado de mi madre, no me gustaba verlo metido en aquel salpafuera de gentes rudas en el trato. Yo sentía tener que volverme a casa y dejarlo allí mientras él intentaba disimularme su pesadumbre con una media sonrisa de contrariedad.

Estaba acompañado de otros congéneres, pero no llegó a hacer buenas migas con ellos. Se le antojaba que eran anodinos, que tenían muy poca personalidad y que vivían allí vegetando o resignados con su suerte. Él no se sentía así y lo dejaba traslucir. Era (siempre lo ha sido) demasiado casero y familiar hasta las vetas más profundas para intentar amañarse siquiera a aquel ambiente. Añoraba mucho su hogar y se le notaba demasiado. Él nos había ido conociendo desde el gateo, nos ayudó con los primeros peninos, nos había majado los dedos a todos, nos escondió cuando jugábamos a virgo, nos había servido muchas veces de pasarela circense, de grupa paquidérmica, de templete escénico, de diversión, de apoyo, de consuelo, de refugio…

El banco de carpintero de mi padre nos ha acompañado siempre. Por años y años ha permanecido en nuestra casa, forma parte de ella y figura como uno más de los seres con los que hemos crecido, convivido y madurado. Fue, es y será siempre un cachorro de banco: fuerte, pesado, útil y poderoso. Nunca lo vimos hacer una mueca de disgusto, ni le oímos refunfuñar o protestar; ni siquiera cuando (por estúpidas razones de espacio) mutilaron su excesiva longitud arrojó una queja o produjo un gemido, nada de nada. Aquella vez, cuando le cortaron un trozo, si acaso, exhaló un largo y prolongado suspiro oloroso: el hálito de la buena madera seccionada.

Jamás se quejaba por nuestro trato torpe y un tanto brusco: si le dábamos un tambucazo al errar nuestros golpes con el pesado martillo del carpintero, disimulaba; si -por impericia- clavábamos alguna tacha en su recia estructura, miraba hacia otro lado; o si, al limpiarlo de serrín lo rascábamos más de la cuenta por nuestra prisa y urgencias de juego, simulaba estremecimientos de perruno placer.

Había que estar muy atento, y en el momento adecuado, para poder oírle algún tipo de manifestación sonora; sólo leves crujidos producía su maderamen cada vez que, para su traslado, lo desarmaban (odiaba eso). Emitía, entonces, una especie de ronroneo cadencioso que dejaba traslucir el desasosiego que le invadía por lo incierto de su futura ubicación, inquietud lógica en todo ser con un mínimo de sentimientos (y de tino).

Algunos inaudibles gruñidos de protesta quejosa le pude oír cuando, poco a poco, fueron desapareciendo la mayoría de sus íntimos amigos e inquilinos: murió de peritonitis aguda Calderillo Engrudo, quedó tullida y algo asmática la compañera Garlopa Grande, la artrosis degenerativa se llevó por delante al camarada Berbiquí Brocas, sesteando su jubilación quedaron Gubia y Barrenas, el garrotejo inclemente inmovilizó al estilizado Gramil Doble, mi querido cepillo Guillame (preferido entre todos) sufrió una depresión cuando vio las primeras maderas con rebajes hechos a máquina… y, así o de forma parecida, casi toda la jarquilla primera fue siendo sustituida por un nuevo personal especializado más acorde a los tiempos y a los avances de la técnica.

taladro-atornillador-gbm-10-2-re Así mismo, cuando fueron llegando los advenedizos: don Engrudo Blanco, doña Sierra Circular, su hijo Cepillo Integral Bosch, las hermanas Fresa Dora, Cala Dora y Lija Dora, mister Black and Decker y otros, él fue aceptándolos a todos e intentando una mediación amistosa, una aproximación gradual de los recién llegados con los de siempre: con las férreas sargentas trinca maderas, a los martillos de orejas, a los cepillos que no entendían la escasez de garepas en el entorno, con el pesado nivel de burbuja, al metro articulado y hacia todos los enseres que en su interior se guardaban -o se cobijaban buscando la seguridad de su enmarañado marsupio- y que él se empeñaba en tutelar.

Los avances del voraz progreso se fueron llevando por delante a las jardineras guaguas que circulaban por la capital de la provincia. Unos vehículos más ligeros, modernos y metálicos sustituyeron gradualmente a los pesados anteriores, más lentos y de madera. El transporte de pasajeros en Las Palmas de Gran Canaria ganó en rapidez y eficacia. Ganó también nuestro banco porque, entonces, los guagueros dejaron de contratar carpinteros, los chapistas ocuparon lugar destacado en las reparaciones, y él pudo retomar con nosotros al barrio de San José. Ya nunca nos ha abandonado, se trasladó con nuestra postrer mudanza hasta Miller Bajo y allí continúa tan campante, haciendo gala de ese buen carácter de palo recio que Dios le dio.

No cumple ahora la misión para la que fue creado: pero no le importa, está en su casa y eso es lo que cuenta para nuestro amigo. Si tiene que servir de armario, poyo de cocina, estantería u otra cosa, no se corta ni un pisco, pone su mejor cara y coopera; sólo el haber conocido a la cuarta generación: los hijos> de los hijos> de los hijos >del carpintero y de Demetria, ya compensa y le vale la pena.

Todo es un volver a empezar. Como antaño, participando con ellos en sus diversiones, sirviéndoles de escondite en el juego de trapo-quemao, siendo la pasarela de sus desfiles, convirtiéndose en casita de muñecas, dándoles su amistad, su apoyo… y quizá, hasta majando los dedos a los chicos, aunque la bisabuela grite y Luis, desde lo alto, le eche pestes y pétimas al sargento-trincador y que, de broma (entre guzpatas para consolar a los familios), lo amenace a él con desarmarlo: por bruto y por malo.

Enrique García Valencia, segunda generación / 1949

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