ARTEVIRGO, desde La Aldea, miradas y voces

3 mayo, 2009

EN LA TARDECITA DEL SEXTO DÍA

creacio2EN LA TARDECITA DEL SEXTO DÍA

(LA RE-CREACIÓN DE UN VIEJO TEMA)

Cuando todavía, en pleno trajín y bambolla de la Construcción Universal, estaba el Altísimo –antes de irse a descansar– aquellando en su taller no sé qué cosa en una de sus últimas criaturas, se le acercó uno de los ángeles que refistoleaba por la fábrica y le dijo.

¿No estás haciendo demasiados ajustes y virguerías en esa obra que te ocupa tanto?

El buen Dios, limpiándose el divino sudor, le respondió.

Sí, estoy un pizquito agoniado con este ejemplar aunque, fíjate en la cantidad de especificaciones que posee esta bonita labor que tengo entre manos. Tiene que cumplir y corresponder con lo siguiente –comenzó a enumerar el Omnipotente–:

a) Ser completamente lavable, pero no de plástico ni de goma maciza.

b) Llevar ciento ochenta piezas móviles de larga duración, algunas renovables.

c) Estar diseñada para funcionar sin descanso desde las primeras horas de la mañana.

d) Ser capaz de hacer lo anterior con poco combustible : un goto de café y algo de pan.

e) Poseer un regazo cariñoso en aquellos pocos momentos que permanezca sentada.

f) Suministrar besos que lo curen todo, desde un cocazo fortuito hasta un desengaño

amoroso de altos vuelos.

g) Manejar eficientemente dos pares de brazos, hacerlo con el jango debido y…

El ángel, asmado y sin poder reprimir su sorpresa, interrumpió a su excelso interlocutor atinando a replicar entre aleteo y aleteo.

¡Cuatro extremidades superiores! ¡No puede ser!

Sí es posible, e incluso necesario si tenemos en cuenta los quehaceres y traquinas en las que se verá metida; pero, no es eso lo que me tiene hablando solo y me está enredando tanto esta vez –masculló entre dientes el Señor sin dejar de mirar lo que creaba–, son los tres pares de ojos que necesita llevar los que me tienen como un vasintino toda la santísima tarde –añadió, ahora en tono más audible, el Señor–.

¿Tres pares de ojos en todos los modelos? –preguntó el desinquieto serafín.

Bueno, por lo pronto, sólo en los modelos específicos; aunque todos los prototipos de esta femenina modalidad los llevarán en potencia, con el paso del tiempo y a lo largo de su vida útil los irán desarrollando y perfeccionando por sí mismos –respondió el Todopoderoso mientras continuaba como si hablara solo.

Un par será para ver a través de las puertas cerradas al preguntar: “Niños, ¿qué están haciendo que están tan callados?”, cuando ella de sobra lo sabe.

Otro par en la trasera de la cabeza, cerca del totiso, que usará para ver las cosas y las acciones que no debería, pero que tiene que saber para seguridad de los suyos.

Por supuesto, no hay que olvidar los dos que van al frente de la cara, los que hablan por si solos, los que están siempre vigilantes, los que transmiten mucho amor a diestro y siniestro –terminó de explicar el Creador.

Señor –pronunció suavemente el ser luminoso jalándole al mismo tiempo del borde la manga– vete a dormir, ya casi oscurece, mañana tendremos el séptimo día y podrás formatear a gusto este futuro individuo tan especial para Ti.

No, no –dijo el Sumo Hacedor–, mañana descansaré comodiosmanda, hoy quiero acabar con esto, ya estoy muy cerca de lograr lo que deseo. Terminé de poner en esta unidad la aptitud de no mostrarse nunca enferma y de curar a los demás con grandes dosis de abnegación y de mucha dedicación desinteresada.

Le añadí, además, una habilidad: la de ser capaz de alimentar a la jarquilla de tragones de su familia con apenas medio quilo de carne de componer, tres o cuatro papas del país y alguna cosilla más que pueda refañar para echar al caldero y, justo cuando tú llegaste le estaba instalando la inherente gracia infusa de saber convencer a un familio de siete años –al que le gustan más sus lamparones que el agua y el jabón– para que tome un buen baño antes de irse a dormir.

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Ah, ya veo –dijo el condenao angelito mientras planeaba alrededor de aquel modelo tan especial–. Parece tan suavecita…

Suave pero fuerte como un puntal –enfatizó el Padre–, no puedes ni imaginar lo recio, potente y firme que llegará a ser este espécimen cuando esté funcionando a tope.

¿Podrá pensar? –inquirió con curiosidad el serafín mientras miraba de raspafilón la inacabada labor–. ¿Tendrá esa facultad?

No sólo pensará, sino que sabrá razonar, deducir, sentir, reflexionar, raciocinar, meditar, suponer… –contestó la Providencia–; aunque, a veces, se dejará aconsejar y tomará sus decisiones dando un rodeo para no molestar a los demás.

¿Ya tienes su nombre? –interrogó el dichoso querubín– ¿Cómo se va a llamar el nuevo y consentido sujeto con este tan laborioso acabado tipo arcángel?

Está escrito en la etiqueta pegada en el mollero del brazo derecho, justo arrente al hombro –contestó sonriendo el Omnisciente.

El espíritu alado, sin dejar de darle a la taramela, se acercó a la anotación y leyó lentamente las sílabas como si saboreara cada letra de aquella palabra.

Maaadree, madre, no suena del todo mal el apelativo que has elegido –dijo mientras esbozaba una sonrisa pícara que se le quedó prendida al labio.

La Divina Majestad asintió, ahora con una ronca risilla, y siguió calafetiando en unas junturas que se le resistían; mientras, el etéreo acompañante luminoso –con su incontrolable jiribilla y toda la curiosidad del recién estrenado Cosmos– se arrimó aún más al prototipo en cuestión, pasó sus angelicales dedos por la sonrosada mejilla de aquella entidad llamada madre y comentó.

Señor, aquí parece tener un fallo, hay una fuga de líquido que sale a través de sus ojos.

Es un fluido, sí, pero no es una fuga –dijo pacientemente Dios–. Son lágrimas.

¿Lágrimas? ¿Y para qué diablos…? Perdón, ¿para qué sirven? Para lubricar el mecanismo de la visión, seguro que sí –acabó aseverando el indesmayable querube.

Servirán para humedecer los ojos, seguro que sí; pero ella las usará más que para eso. Le serán muy útiles para mostrar pena, alegría, tristeza, desacuerdo, dolor, placer, soledad, orgullo, rabia…, refuerzan y le dan rotundidad al mensaje que subyace en todos esos sentimientos –explicó el Señor Dios.

¡Eres un genio creando! ¡Eres el primero! ¡Eres de lo que no hay! –Exclamó el confiscado angelito batiendo sus alas a modo de aplauso.

El Altísimo, un poco cortado, miró de soslaire a su entusiasmado partidario y le dijo:

No son diseño mío, yo no las puse ahí. Es una habilidad que ha generado este sujeto al activarse la mixtura de cualidades propias de su formato humano; en definitiva, esa función lacrimógena ha sido desarrollada libremente por ella.

El Ser Supremo, aprovechando que el dicharachero angelote no supo que decir de esta novedad y que el crepúsculo vespertino estaba ya zafando, fue recogiendo todos los atarecos mal colocados, ordenó las herramientas del Taller de la Creación, amontonó algunas garepas regadas por el suelo, apagó la luz creada en los primeros días del Universo y se fue a reposar seguido de cerca por el renovado guineo del dichoso ángel que –después de recuperarse de su momentáneo mutismo y a pesar del esfuerzo que suponía el batir de alas–, como siempre, no paraba de alegar.

El final del ocaso propició el acceso de las obscuras tinieblas y un delicioso silencio reparador se cernió por todo el Cielo cayendo sobre sus agotados moradores. El Criador, contento con el resultado de los seis días de trabajo, suspiró profundamente y, mientras se arrebujaba bien con el manto negro de la noche cerrada, sonrió con un rictus mezcla de satisfacción y de cansancio.

Al canto abajo de la otra punta del Reino Celestial, en nuestro recién inaugurado orbe terrenal, se asomaba por el horizonte la aurora del séptimo día, el sol besaba tímidamente la corona de la montaña de Los Cedros, la penumbra y la quietud del valle estaban todavía preservadas por la sombra del macizo de Linagua y, allá por Artejeves, el penetrante y farruco canto de un quíquere –ajeno al descanso dominical– anunciaba rabiosamente el comienzo del Día del Señor.

En La Aldea de San Nicolás de Tolentino / 2009, con mucho cariño de:

Enrique el de Demetria, la de coma Pepa, la de seña Briginia Valencia, la de cha María Ramos, la de María Antonia Sánchez, la de Teresa Díaz Medina…

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10 abril, 2009

SEMANA SANTA DE 1881: El INDULTO REAL A TRES REOS DE LA ALDEA Y ALGUNA HISTORIA DE LOS PROCESADOS

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Acabamos de leer en los periódicos que en esta Semana Santa de 2009 el Consejo de Ministros ha aprobado un Real Decreto por el que se conceden indultos especiales a 16 presos de todo el territorio del Estado español, uno de los cuales resulta ser un recluso natural de Las Palmas de Gran Canaria al que le falta poco más de un año para cumplir su condena. Es la primera vez, dice la prensa, que esta tradición de siglos atrás en la Península se aplica a Canarias, por solicitud de  la Unión de Hermandades, Cofradías y Patronazgos de Gran Canaria. Al respecto les voy a contar un indulto célebre que se decretó el viernes santo de 1881, a favor de tres condenados a muerte por un crimen social acaecido en La Aldea de San Nicolás, ocurrido 1876, que generó ríos de tinta en juzgados y periódicos de entonces, en el marco histórico del no menos celebérrimo Pleito de La Aldea.

Los hechos y autores de un célebre crimen social

Tres personajes participaron en la conspiración mortal que había preparado el grupo organizador de la defensa de los aldeanos contra la Casa de Nava-Grimón, en los desahucios masivos que ésta realizaba, entre 1875 y 1876, contra los medianeros perpetuos. Alejandro Jorge, Francisco Segura y Crisanto Espino aceptaron, a cambio de un pago en especies, atentar contra quienes llevaban a cabo los desahucios: el alcalde Marcial Melián (a su vez encargado de la Hacienda Aldea y socio de la Casa, juez y parte en la contienda) y el funcionario a sus órdenes, Diego Remón de la Rosa (secretario del Ayuntamiento y del Juzgado); pero, al final la conspiración urdida por los líderes del vecindario tuvo efecto en el funcionario municipal que caía del caballo, en el camino real por su trayecto de Tirma, en Los Negros-Carreño, hoy barranquillo del Secretario, por el fuego de una escopeta escondida entre los hogarzos y juncos, y que sería rematado en el suelo por los tres sujetos. La historia del hecho es mucho más larga y compleja. En fin, después de mucho trabajo de la Justicia, la gente de La Aldea se negaba a colaborar con ella. En la citaciones a declarar a tantos ante el Juez especial desplazado a La Aldea: « y dicen que mataron al Secretario, ¡sí… eso dicen! ¿Y a usted quien se lo dijo? Pues usted que me lo está diciendo»  Más o menos así se cuenta y seguro que pregunta y respuesta debieron ser parecidas. Lo cierto es que una casualidad de última hora descubre la autoría del hecho en el último momento en que iban a ser excarcelados los sospechosos, ninguno de los cuales era de los autores. Se procedió a un largísimo proceso judicial contra varios instigadores y los autores materiales desde el Juzgado de Primera Instancia de Guía hasta el Tribunal Supremo en Madrid. Absueltos otros, los tres autores quedaron desde la primera sentencia condenados a pena de muerte por asesinato premeditado, en solitario y con alevosía.

Viernes Santo de 1881:  indulto real

Desde que se dictó la sentencia de pena capital contra los autores de aquella sonada se creó en la opinión pública y en medios judiciales de Las Palmas de Gran Canaria un estado de opinión favorable al indulto. La prensa se pronunciaba contra el levantamiento en la ciudad del horroroso espectáculo del cadalso, que había tenido lugar, por última vez, en La Plaza de la Feria, a principios de 1875, para ejecutar a tres reos. Recuerdo un cuento familiar de mi bisabuela de Tasarte, que oyó decir que uno de los reos, sobre el patíbulo antes de la ejecución, se dirigió a la gente haciendo mención a su historia delictiva más o menos con estas palabras: «todo empezó cuando robé, siendo un niño, una pata de una tijera y se la llevé a mi madre y ella me dijo que por qué no le traje las dos». Pero los aldeanos condenados a muerte no lo habían sido por robar ni por razones personales. Ejecutaban, a sueldo, una “sentencia” del vecindario en un marco de conflictividad social, de ahí la campaña pro indulto. Decía el periódico de esta ciudad El Noticiero, pocos días antes del indulto, que «de desear es, y muy de corazón, que se tra­baje con afán de conseguir del compasivo mo­narca el que se conmute la pena [de muerte] a dichos desgraciados por la inmediata. Que no se vea más en esta población el horrendo cadalso».

En aquel momento de consolidación definitiva del liberalismo, en el marco de un parón democrático tras la experiencia fallida del sexenio revolucionario iniciado en 1869, promovido por la restauración borbónica de 1875; en ese tiempo, les decía, para proceder a la solicitud del indulto real, primero tenía que pasar la propuesta por los trámites del recurso de casación contra la sentencia de Las Palmas, ante el Tribunal Supremo que la mantuvo. Entonces se iniciaron intensas gestiones políticas en los más altos niveles del Estado. La campaña pro indulto se inició con manifestaciones en los periódicos de Las Palmas sobre la abolición de la pena de muerte, creando un estado de opinión sobre el caso. Luego, desde el Colegio de Abogados de Las Palmas se gestionó oficialmente un movimiento institucional y popular para la peti­ción del indulto, que desde este colegio profesional, corporaciones municipa­les y sociedades, llegó al Gobierno y al Rey Alfonso XII. También se pronunciaron positi­vamente los senadores y diputados de Canarias.

flcEl expediente pro indulto llegó a Madrid a principios de abril de 1881 para su resolución definitiva. En base a los informes,  el ministro de Gracia y Justicia iba a proponer para el tradicional indulto real del Viernes Santo sólo a Francisco Segura por los atenuantes que traía su proceso (el único de los tres reos que contó la verdad y además salvó de la muerte al joven que acompañaba al Secretario, quien al final fue el que los descubrió). Entonces, dentro del mismo Consejo de Ministros, el titular de Ultra­mar era el canario Fernando León y Castillo, quien insistió en hacer extensi­vo el indulto  a los tres condenados.

Tres días antes del Viernes Santo,  fecha en que tradicionalmente los reyes de de España ejercitaban la gracia del indulto a algunos condenados a muerte, el Consejo del Estado dictamina un decisivo informe fa­vorable, extensivo a los tres condenados, al considerar como atenuante que el móvil del asesinato era el problema socioagrario que enfrentaba a la mayoría del pueblo con el marqués de Villanueva del Prado, porque así se detalla en el expediente final: « (T)eniendo presente los móviles que impulsaron a los reos a la perpetra­ción del hecho, que según se desprende del proceso, no eran otros que los procedimientos incoados contra la mayor parte de los vecinos de La Aldea de San Nicolás por el Marqués de Villanueva del Prado, en que Remón auxiliaba eficaz­mente la acción de éste y los demás procedimientos que a su vez seguía el expre­sado Remón para hacer efectivos algunos adeudos del Ayt°; todo lo cual los ha­bía atraído la odiosidad de los habitantes de la referida Aldea que lo consideraban su mayor enemigo y considerando que si tales móviles no pueden estimarse para la atenuación del castigo, siempre que se trate la aplicación estricta del Derecho por los Tribunales de Justicia, no pueden menos de inclinar el ánimo cuando se trata del indulto (…)».

Finalmente, el 15 de abril de 1881, tras el dictamen favorable del Consejo de Ministros, el rey Alfonso XII firma el tan solicitado indulto a los tres condenados, conmutándoseles la pena de muerte por la de cadena perpetua. Cuando la noticia llegó a Las Palmas, en el vapor correo América, una semana después, la noche del 21 de abril, y de inmediato se la comunicaron a los reos. Un periodista quizás presente en la cárcel cuando Cho Frasco Segura, Cho Santos y Alejandro Jorge la recibieron escribió: «La emoción que embargaba sus ánimos no les permitió pronunciar una sola palabra», para su publicación en La Correspondencia de Canarias del  22 de abril de 1881.  Los autores materiales de aquella conspiración local primero habían sido traicionados por el joven acompañante del asesinado a quien le perdonaron la vida, luego abandonados por los dirigentes aldeanos que les encargaron el asesinato y, por último, les fue aplicada la más dura pena que puede recibir un reo. Y suponemos que si no mediaron palabra alguna sí harían en sus mentes un recorrido desde los hechos de la mañana del 19 de marzo de 1876 hasta aquella noche de 1880 y a continuación sobre el interrogante de qué pasaría después.

Los periódicos de Canarias y sobre todo el órgano de expresión de la Justicia insular, La Revista del Foro Canario, además de todas las institu­ciones y opinión publica, se congratularon de esta buena noticia que salvaba la vida a los autores de un crimen que revestía marcadamente el carácter de delito social y que si humana y judicialmente no tuvo justificación sí fue dis­culpado por todas las circunstancias sociales, históricas, políticas y económi­cas que casualmente lo originaron.

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La cadena perpetua en el penal de Ceuta y nuevo indulto

¿Qué pasó luego? Es otra historia fuera del marco que hoy nos ocupa sobre este célebre indulto a tres canarios en la Semana Santa de 1880:  la pena capital que parecía que no iba a tener lugar más en un Estado donde la democracia se estaba construyendo con mucha dificultad desde 1831, con la muerte del más de los denostados reyes españoles modernos: el absolutista Fernando VII. Pero no fue así. Vendrán, medio siglo después, tras el 18 de julio de 1936 con la vuelta del más rancio conservadurismo  dictatorial y religioso,  más penas de muerte por procesos judiciales sin garantías que acabaron en fusilamientos, se darán muertes sin juicios, las desapariciones en mares, pozos y paredones y, acabada la guerra y posguerra, cuando aún se conservaba el odio y la venganza en las instituciones más altas del Estado,  la última negación a un indulto de pena de muerte que Franco protagonizó, en 1959, al huido de  leyenda, Juan García, el Corredera.

Pero, aunque sea otra historia la que luego debieron afrontar los tres indultados en la Semana Santa de 1880, les contaré, muy por encima (más amplitud del caso lo pueden encontrar con mucho detalle en la segunda parte del libro El Pleito de La Aldea), que fueron trasladados primero al Penal de Santa María y luego al de Ceuta ubicado en la montañeta del Hacho. Alejandro Jorge murió en aquel penal. Francisco Segura consiguió a finales del siglo XIX un nuevo indulto, por buena conducta,  que lo ponía en libertad.  Cho Santos, también fue indultado por buena conducta, poco después, en 1904. A cuál de los dos no sabemos, Clara, la hija de Diego Ramón de la Rosa, lo vio sobre un carro en Las Palmas o en Santa Cruz de Tenerife. La huérfana, histérica, fue a comunicar a la autoridad que había visto ya suelto a uno de los asesinos de su padre: «ya ha cumplido su condena» fue la respuesta recibida.

Qué le esperaba en La Aldea al indultado Francisco Segura

Francisco Segura llegó viejo a La Aldea, con 23 años de prisión en el cuerpo y casi 70 de años de edad, enfermo de las articulaciones por el sobreesfuerzo y las malas condiciones de vida en el penal. Pasó sus días recluido en su casa y malquerido por su familia. Dicen que las únicas palabras que le dirigía Mónica Almeida Carvajal, su mujer y prima hermana a la vez, eran, a  la hora de cada comida en la mesa: «¿quieres más?».

Murió Cho Frasco Segura en El Albercón, en 1908, a la edad de 79 años. Curiosidades de la vida: en el mismo marco del conflicto social del Pleito de La Aldea, por una revoltura pero sin crimen por medio, en 1786, su bisabuelo, el síndico Mateo Carvajal había sido  recluido en el mismo penal de Ceuta, para cumplir con una pena de cuatro años de presidio en el mismo, 200 ducados de multa y, luego, seis años de destierro de su pueblo; pero, con la suerte de estar allí sólo dos años por un indulto del rey Carlos III.

Cho Santos, las desventuras de un expresidiario de  leyenda local

Crisanto Espino, que tenía 28 años cuando intervino en el asesinato, era el más joven de los tres encausados. Le quitaron los grillos del penal cuando tenía 58 años, después de 27 años de prisión.  Vivió luego muchos años, más de ochenta. Pero cuando llegó a La Aldea en 1904, ya parecía un hombre viejo; enfermo como Segura de las articulaciones por las malas condiciones de vida en el presidio, a pesar de que con el tiempo, por su buena conducta, lo ocuparon en trabajos menos pesados de la prisión (cocinero, artesano de fibras…).

Al principio no salía de su casa de Los Cardones. Pero superado aquel trance comenzó a dar recorridos primero hasta la Casa Nueva y luego  por todo el pueblo. Su vecino Antonio Santana, le pagaba para que fuera a Los Espinos a cuidar de noche las piñas de su finca, en tiempos de hambrunas porque las robaban. En una ocasión, cuentan, que las Herreras fueron a entrar en la finca y pegó cuatro trabucazos que se oyeron en toda La Aldea. A nadie más se le ocurrió entrar en la finca estando Cho Santos de guardián.  Cuentan que cada noche dejaba el farol encendido en la chocilla donde se alojaba, que todavía subsiste, y de allí se iba a La Hoyilla, Mederos adelante, hasta La Rosa, donde tenía sus amores secretos que le dieron un hijo natural.

Cho Santos caminaba apoyado en dos bastones; su rígido cuerpo avanzaba lentamente sin poder doblegar sus para siempre inflexibles piernas, de las que se decía que tenía la piel de los tobillos marcados por los grilletes de las cadenas que llevó tanto tiempo en el penal. «¡Que viene Cho Santos!» corría la voz de los chiquillos cuando lo veían aparecer y se escondían entre las higueras para verlo pasar, me contaban, en la década de 1980, mis informantes, ya ancianos, quienes entonces eran niños, a quien les asustaba su yerta figura, que aún aparentaba fortaleza, coronada por un sombrero sobre una cabeza de aún negros y acrinados cabellos; su escopeta, adosada a un largo chaquetón oscuro que había traído del penal, con la que se decía que mató al Secretario; su fama de maldad ingénita, su carácter, cuando el perfil de cada hombre es su buena o mala  fortuna… y, en definitiva, les causaba temor una figura resabiada que por dentro encerraba a un hombre desdichado.

En la Maquina de la Casa Nueva, la Rosita, que extraía agua del pozo, estaba de maquinista, el más célebre de los artesanos de entonces en La Aldea, Ildefonso Rodríguez, mastro Alifonso, con quien Cho Santos pasaba largas horas de conversación, acompañados de los estampidos del artilugio de vapor. Largas horas pasaba porque Ildefonso había hecho el servicio militar en Ceuta años después de su indulto y le contaba cómo estaba el paisaje de aquella ciudad que vio durante 23 años desde las alturas del Hacho, donde estaba la fortaleza del penal. Cho Santos le preguntaba por uno y otro detalles, como era el Pozo de Valdeaguas, al que diariamente bajaba para transportar sobre un carro las barricas de agua, empujándolo con otros penados, encadenados,  cuesta arriba hasta el penal.

Pasó Cho Santos sus últimos días en Las Palmas, en una casa del Risco de San Nicolás, todo entullido, siempre tapado con una manta en un rincón, en la que tenía un agujero para ver quién entraba en la casa. Sólo se levantaba cuando llegaba un joven vestido de militar, vecino suyo de Los Cardones, Manuel Santana Déniz: «me llevas pa’ La Aldea cuando te licencies… me quiero morir allí» Y ya que estamos hablando de Semana Santa, cuarenta días antes de la primera luna llena de primavera, el inicio de la Cuaresma de 1928,  Miércoles de Ceniza, moría Santos sin ver cumplir su deseo de volver a su pueblo, La Aldea, donde nada le debió sonreír desde la cuna, por ser hijo natural, con la carga que ello conllevaba, hasta el terrible suceso de 1876 que lo condenó a muerte y que lo marcó para siempre, sin tener la posibilidad, como la tuvo su compañero en el crimen Francisco Segura,  de que la historia cuente de él, como decía Séneca: «donde quiera que haya un ser humano existe la posibilidad para la bondad». Quizá la mayor alegría debió de ser el indulto de la Semana Santa de 1881. Pero tampoco pudo lograr, como todo el mundo quiere, morir en la tierra que lo vio nacer.  Me contaba en 1985 Manuel Santana, entonces con ochenta años,  el último capítulo de la historia de su vecino Santos, uno de los tres protagonistas de este relato que parece un  cuento pero que es de verdad:

«(…) aquel fin de semana tuve guardia en el cuartel y no pude ir a verlo y cuando toqué en su casa, me dijeron los vecinos: Eh… aldeano, ayer enterramos a tu paisano Santos. Estuvimos haciendo una recolecta para conseguirle la caja y me quedé… No pude cumplir con la promesa de llevármelo para La Aldea cuando me licenciara, y claro que sí, me lo hubiera llevado, él no me hablada de otra cosa que la de volver y morir en La Aldea».

Qué queda hoy en el recuerdo y en realidad

Nadie vive hoy de los que conocieron a estos personajes. Alejandro Jorge murió en el penal, dejando a su esposa en La Aldea sin hijos. Nadie lo reconoce hoy. Francisco Segura dejó una prolija descendencia, a muchos de sus miembros suelo encontrar su parecido según los comparo con las descripciones físicas que hicieron en su momento de él las autoridades: el azul de sus pupilas, tez muy blanca y pelo rubio. Nadie de los Segura se avergüenza, como sucedía antes, de su historia familiar. Queda una nieta nonagenaria y numerosos bisnietos, tataranietos.

El hijo natural de Cho Santos, Matías Suárez, falleció soltero, en los años treinta a consecuencia de las heridas recibas en un accidente de tráfico. No tuvo más hijos varones. Sus hijas fueron a vivir a Las Palmas, de cuya descendencia sólo hemos tenido relación con un nieto, conocido como el Sargento Espino, ya fallecido, que siempre tuvo presente a La Aldea como su pueblo. En su cargo militar, tras continuos ascenso hasta oficial procuró atender con máxima atención a los soldados del pueblo de su familia. De lo escrito de su abuelo en el libro del Pleito de La Aldea, no puso la más mínima objeción y siempre procuró tener en sus manos cualquier libro de La Aldea. Poca es hoy su descendencia, que llega hasta los tataranietos.

El lugar donde ocurrió el asesinato del Secretario, en Tirma, suele ser visitado por caminantes y excursionistas de La Aldea, llamando mucho la atención el caso. Una riada de hace unos cuarenta años modificó el punto donde se hallaba la cruz, colocándose en otro lugar cercano y despareciendo hace algún tiempo, aunque luego unos niños del Colegio de La Cardonera fueron en 2006  y colocaron una nueva.

De los descendientes del Secretario asesinado, tuvimos la ocasión de contactar en 1896 con Rosario Remón Delgado, sobrina nieta del mismo, octogenaria, vecina de Santa Cruz de Tenerife, que nos indicó  que en Canarias ya no quedaban familiares directos del mismo, sí en otros lugares fuera de Canarias, uno de ellos el célebre portero del Real Madrid y luego preparador de la U.D. Las Palmas  Mariano García Remón.

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Tirma. Barranco de Carreño o del Secretario. Trazado del camino real. La flecha indica dónde estaba  hasta hace algún tiempo la cruz, aunque la víctima pudo morir antes de entrar en el cauce.

7 abril, 2009

Semana Santa de pasión y malura: como un eccehomo

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Allá justo al mediodía Jesucristo caminaba

con la cruz a sus hombros de madera muy pesada.

Una soga lleva al cuello con la que el traidor tiraba,

cada vez que el traidor jalaba Jesucristo se arrodillaba,

donde quiera que se arrodilla deja sangre encharcada.

Allá en el Monte Calvario tres marías le esperaban,

una era la Magdalena, otra su querida hermana

y la otra la Virgen Pura, la que más dolor pasaba.

Una le lava los pies, otra su bendita cara

y la otra recoge la sangre que el buen Dios derrama.


Pasa la Virgen María

vestida de azul y blanco.

El vestido que llevaba

nunca lo vi manchado

sólo lo manchó Jesucristo

con la sangre de su costado.

Jueves y Viernes Santo

días de mucho dolor,

días en que crucificaron

a Cristo nuestro Señor.

Cuando todavía era un familio -desmandarriado, fijo descalzo (gozaba yendo a la laja) y adicto a  los lamparones-, al aproximarse la primavera que la sangre altera y cercanos ya los festejos religiosos de la Pascua Florida, se me solían llenar los bezos y alrededores de unas feas bichocas lacerantes que hacían honor al nombre y apellido del cíclico mal de los demonios. Para más inri, al llegar a su madurez, soltaban una especie de agüilla turbia a través de unos opérculos que tenían, contribuyendo de esa manera a extender la infección a otras partes sanas de la cara: era el llamado “fuego salvaje”; dicha fogosidad dérmica venía a incordiar intermitentemente, en los momentos más inoportunos, la feliz infancia de aquel activo ignorador de las mínimas reglas de la higiene y asepsia corporal que fui yo.

Al principio, probábamos -mis tías, mi madre y mi rostro- con todos los remedios caseros conocidos para intentar atajar la incipiente manifestación de aquella, nunca mejor dicho, dolencia: que si algodones empapados en tus propios orines, que si baba de tunera tierna (se ignoraba lo del caracol), que si la savia del cardo de yesca, que si mistura de azufre con manteca de cochino, que si lasquitas de pita zábila… Nada de nada: ¡leche machanga!

Ya con el jodido y desquiciante ardor quemando carrillos arriba, eclosionando y regando su indino picor que me inducía a incontrolados e inevitables rascones, pasábamos a los potingues y unturas boticarias a base de Pental, polvos de Azol, perboratos, sulfatos, sulfitos, salicilatos y vaselinas, todo eso combinado con una porriá de bactericidas que, al agotar sus efectos y posibilidades farmacológicas -vía tópica-, no nos dejaban otra salida que la de ir ca’ de seña María Lurencia (la abuela paterna de Elías del Toro) teniendo que recurrir así a la vía esotérica.

Era el último recurso porque yo me resistía a los ritos mágico-curativos que el santiguado conllevaba. Aunque me sabía de memoria todo el proceso, me costaba trabajo tomar la decisión de empezar por ese final ya que había algo oscuro (el sitio lo era), misterioso y psíquico en aquella liturgia que, debido a la prosopopeya disparatada de mi fértil imaginación infantil, me sonaba demasiado surrealista e inquietante en su protocolo espiritual y -lo podría jurar- eléctrica en su aspecto físico debido a la energía que emitían los sarmentosos dedos de aquella sanadora.

Mi morruda intransigencia, aliada con el férreo racionalismo ateo de mi padre, era vencida y eliminada en su totalidad por las urgencias fueguinas sumadas al insistente pragmatismo religioso de las mujeres; sólo entonces me decidía a dar el paso definitivo. Me dejaba llevar colgado de la siempre cariñosa mano de mi tía Josefa (que Dios haya) hasta la vivienda de aquella santiguadora y allí, sin apenas preámbulos, comenzaba el examen facial y los primeros pasos formales de la sesión terapéutica previamente concertada -casi de tapadillo- por las mías.

La señora me hacía traer un puñillo de hierbas, creo que eran borrajas, cenizos y ramitas de balo, no me acuerdo muy bien. Con ella confeccionaba una especie de pequeño jace que apretaba, amarraba y torcía musitando algo entre dientes. Alzaba mi barbilla con  una de sus manos manteniendo mi cabeza erguida y me santiguaba usando: aquel húmedo atadillo, su temblona voz aguda, una oración que nunca pude retener y algunos pases (los notaba con mis ojos fechados) haciendo la señal de la cruz a modo de barrido recurrente sobre la parte afectada. La salmodia monocorde, su entonación, la poca iluminación del lugar, lo íntimo del momento me llegaban a hipnotizar; rompían el trance, el cambio rítmico de su arcano proceder y el cese abrupto del guineo causado por aquella jaculatoria, a la que ponía fin expeliendo un profundo y gutural “amén” como salido de sus calcañares: había terminado.

Las últimas recomendaciones de quemar  enterrar las yerbas usadas me las gritaba cuando su hija  Aurora, siguiendo mis prisas por eslapar de la penumbra, me conducía hasta una calle deslumbrante de sol donde, alegando con alguien en la acera, aguardaba mi tía favorita con su eterna media sonrisa y su devoto e inmerecido desvelo hacia mi persona. Ni que decir tiene que, desde el día siguiente, se iba apagando el fuego de las molestias, menguaban las pústulas secándose, y las costrillas que las coronaban se desprendían definitivamente dejándola otra vez limpia, agradable a la vista.

Con la edad, o con la inmunidad adquirida, se rompió el ciclo de aquellas fogaleras epidérmicas y no quedaron en mi rostro secuelas de aquel dichoso padecer. Lo que sí permaneció fue mi emergente afición por la fitoterapia (acorde con la tradición familiar) y una inclinación hacia el estudio de esas manifestaciones menos conocidas del folclore de transmisión oral que forman parte de nuestro acervo cultural más cercano.

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Pasados unos años, luciendo ahora en el cutis las pupas de un reindino acné juvenil generalizado, solía acudir a la casa de mi sanadora con el afán de rescatar del posible olvido alguno de los crípticos rezados; también me atraían los romances que seña María enfatizaba con mucho jeito y que llegó a traspasar a su hija Aurora, la cual (cuando estaba de humor) nos los repetía, hilo por pabilo, para deleite de sus sobrinas, un servidor y unos pocos allegados más.

Hace una década, colocando los atarecos de una mudanza, entre las páginas de un libro encontré garabateados varios de ellos que creía perdidos, ahora los guardo como oro en paño dentro de un disquete. Ésta es la versión o variante de uno de mis preferidos relativo a la temática de Semana Santa y su parafernalia; me trae entrañables recuerdos de una época muy bonita. De sus posibles títulos, yo elijo: “Vestida de luto y pena”.

Pa’l Calvario va la Virgen

vestida de luto y pena

cambiando su manto azul

por otro de seda negra,

llegando al pie de la cruz

y llorando lágrimas tiernas.

Pasó por allí la Verónica

y le dice de esta manera

-¿Cómo esta mujer no habla

ni una palabra siquiera?

-¿Cómo quiere que yo hable,

forastera en tierra ajena,

si un hijo que yo tenía

más blanco que la azucena

me lo quieren martirizar

en una cruz de madera?

-¿Qué señas tiene ese hijo,

que no lo conozco yo?

-Sus cabellos blancos rubios

comparados con el Sol,

sus ojos dos luceros,

sus labios corales son.

-Señora, yo no conozco

a un niño de esa facción,

sólo me encontré en la calle,

que partía el corazón,

a un pobre ajusticiado,

difunto lleva la color.

Me ha pedido que le dé

un paño de mi tocado

para limpiarse el rostro

que llevaba ensangrentado.

Tres dobleces tiene el paño,

tres figuras le han quedado,

si lo quiere ver, señora,

aquí lo traigo guardado.

Allí caminó la Virgen

con más dolor y más pena,

ya se acabó el Sol del mundo,

la Luna y las estrellas,

del cielo la bandera…

Los rezos en su conjunto  -pieza clave del santiguado-, al ser el acto curativo tan enigmático, eran menos conocidos y divulgados; la sanadora los custodiaba celosamente, preservándolos  de extraños e incrédulos que, jallo yo, los hubieran usado sin el debido formalismo y faltos de su correspondiente respeto y reverencia; se los confiaría a verdaderas devotas agraciadas con el don y poseedoras del carisma adecuado, las cuales, después de un periodo de pupilaje, continuarían su labor de acuerdo con unos cánones ancestrales establecidos desde los albores de la Humanidad.

nazarenoEn los libros editados que tratan del tema hay recogidas varias fórmulas e invocaciones de las que se usaban para atajar o paliar diferentes enfermedades: quitaban el romadizo, aliviaban la pulmonía, atenuaban la persistente angurria, evitaban el garrotejo, curaban las picaduras que mancaban, anulaban el mal de ojo… He leído muchas, pero aquella plegaria que no llegué a descifrar, la que utilizaba seña María Lurencia* Espino Suárez para secar los renuentes alifafes de mi niñez, nunca la he vuelto a encontrar.

Enrique García Valencia / La Aldea / 2008

*Creamos o no en la influencia de las estrellas, he de decir que Laurencia es el nombre de una de ellas (realmente un planetoide muy brillante); quién quita que seña Lurencia y sus antecesoras estuvieran favorecidas y tuteladas por esa energía astral…

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